domingo, 24 de octubre de 2010

EL SECRETO DE LAS GAVIOTAS



Caminó lentamente recorriendo la costa llena de piedras. El mar estaba tranquilo esa mañana. Los barcos pesqueros esperaban en el muelle con los brazos en alto. Las gaviotas iban y venían en vuelos acrobáticos como si fuese de entrenamiento. No quería volver al hotel y la verdad, no tenía motivos para quedarse en una habitación donde había ocurrido lo más confuso de su vida. Se sentó en una oscura piedra y contempló por horas el mar interior, lleno de angustia.

No esperaba su cara en la terminal de ómnibus cuando llegó la tarde anterior, ni el abrazo de recepción tan caluroso, ni las caricias en su cara, ni la sonrisa feliz que ella llevaba mientras caminaban juntos hasta un hotel del centro. No la esperaba, porque la espera conlleva una esperanza de que ocurra algo en el futuro. El latido acelerado del corazón no fue por la ansiedad de verla, fue por la sorpresa. Tampoco esperaba que, al cerrar la puerta del cuarto, ella lo llenara de besos y abrazos. Estaba atónito. ¿Qué decir? Estaba claro que lo que seguía no tenía nada que ver con la amistad de años que los dos habían establecido.

En su carta era claro. “Voy unos días a tu ciudad para conocer el mar. Claromecó, según me contaste, tiene casas bellísimas y ya quiero ver esos techos desde la playa. Quiero ver la imagen que me describías con tantos detalles. Quiero conocer el secreto de las gaviotas”. Ahora estaban los dos en una habitación de hotel recorriendo sensaciones nunca exploradas. Ella era playa y él olas y espuma; ella era piedra costera donde encallan los barcos en las tormentas, y él era viento furioso que sólo se calma con las primeras luces del día.

Los dos salieron con el mar aún en penumbras, con la neblina pegoteándose en el rostro. Ella se acercó diciendo que sentía frío; él la abrazó con fuerza y besó su frente. Ella le dijo que debía ir a trabajar y él se quedó en la playa mirando el mar.

Él encontró un bar abierto y desayunó en silencio. La llamó cerca del mediodía. Ella no respondió. Tampoco la encontró a la tarde, ni al anochecer. En el hotel buscó la dirección que ella le había dado para enviarle cartas. Jugó con la anotación entre sus manos y no tuvo el coraje para verificar siquiera si el lugar existía. Las noches son cómplices de las lágrimas, por eso salió y quiso conocer los alrededores. Mil veces creyó verla entre la gente, en otros brazos, en los taxis, pero no la encontró. El aroma que salía de los restaurantes le abrió el apetito. Comió en soledad mintiéndose que en cualquier momento ella se le acercaría por la espalda, lo abrazaría y saldrían a caminar por la playa. Tenía ganas de charlar con ella como en otros tiempos. Le incomodaban esa soledad y la culpa de haber roto el código de amistad con ella.

Volvió al hotel y encontró sobre su cama un papel doblado con su nombre. Ella había estado allí esperándolo y una vez más tampoco la esperaba. En la nota le preguntaba por qué no había venido cuando se lo había pedido aquella vez. Más y más preguntas que eran reproches y más reproches. Finalmente le decía que había llegado demasiado tarde, que ya estaba en pareja con alguien. ¿Qué hacer? Estaba claro que no había venido a continuar nada. Ya no era amigo ni era amante. Acarició el papel, lo dobló sin emoción, y descubrió una frase en el reverso que decía, sos mi secreto, te amo.

No entendía nada. No conseguía darle sentido al corazón femenino. Él no quería convertirse en el secreto de nadie. Ella no le dio elección, no le pidió opinión y de una sola vez pasó de amigo a amante, a secreto y a olvido. Salió a caminar por última vez en la playa. El mar estaba furioso. Las gaviotas se amontonaban cerca de unas piedras, se disputaban un pescado destrozado. Vio la escena y rió a carcajadas, todo le fue revelado en ese instante, se sintió estúpido, y reflexionó: Qué ingenuos somos a veces los hombres. ¡Esos pájaros! Cuánto idealizamos sus vuelos, sus majestuosas acrobacias, ...y hasta los creemos sabios. ¡Esos pájaros! No tienen más secretos que cualquier pájaro.



Edgardo Boiteux

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bela say :

Fiu... Intenso. Bellísimo y lleno de ansias de ser y estar.
Abreijo