LA ISLETA DE LA CHIVA AHORCADA

Una siesta de verano en el campo, me despertaron unos ruidos parecidos a los hachazos cuando se derriban árboles. Los impactos rítmicos venían de la Isleta de la Chiva Ahorcada, donde yo solía ir a cazar iguanas o tatúes. Fui a avisar a mi padre y noté que se estaba preparando con ropa de monte y una escopeta. — ¿Vos también oíste los hachazos?, dije que sí con la cabeza. — ¡Vamos entonces!, me propuso, y me pasó un machete muy filoso.
Salimos de los galpones y atravesamos un claro cerca de los corrales. Mi padre se ponía furioso cuando intentaban cortar los árboles de esa isleta, porque era un lugar excepcional. Había especies vegetales en extinción y animales salvajes viviendo allí. Pero lo más importante era la historia trágica que se contaba de esa zona. Fue allí que las tropas del gobierno habían cercado a un grupo de aborígenes y los habían exterminado sin piedad. Hay quienes cuentan que se ven luces malas flotando en noches sin luna. Yo no tenía miedo de los muertos, eran más peligrosos los vivos que intentaban dañar el bosque.

Entramos a la isleta por el lugar donde se oían los golpes. Los cardales parecían hacer de barrera, pero yo ya había aprendido a pisar entre las espinas sin lastimarme. Mi padre llevaba polainas protegiendo sus pantorrillas. Las ramas retorcidas de los grandes algarrobos parecían indicar de donde venían los ruidos. Las enredaderas que subían hasta la copa de los quebrachos, en cambio, no nos daban paso. El sol de la siesta se filtraba entre el follaje, como dedos que escudriñan en una bolsa de juguetes. El suelo, húmedo y blando, estaba cubierto de hojas secas, ramitas quebradas, muchos hongos anaranjados y blancos, y batallones de hormigas que patrullaban los rincones. El perfume de los aromitos inundaba el aire y las chicharras entonaban una melodía pegajosa. Creo que me habría perdido en ese micro universo, si no fuese porque la figura de mi padre rompía el perfecto equilibro de la naturaleza. Éramos dos extraños invadiendo un lugar sagrado.
Cuando llegamos al lugar, los golpes se alejaron. Guiados por los sonidos, seguimos un sendero de corzuela. Vi también la madriguera de unos tatúes. Me hubiera gustado marcar el terreno para volver otro día, pero los golpes se alejaban. Ahora se escuchaban hacia el oeste. Luego al sur… y luego al norte. Mi padre se detuvo, transpirado, y espantando mosquitos me hizo seña de que guardara silencio. Los ruidos se hacían cada vez más distantes. Ahora parecían oírse en otros campos. En ningún momento los pájaros dejaron de trinar, todo estaba en paz.
Eso fue muy extraño. Era como si algo o alguien nos advirtiera de un suceso poco feliz. Mi padre y yo volvimos rodeando la isleta, por otro sendero, y no oímos más esos golpes.
Esa misma noche, unos cazadores entraron a la isleta por el norte. Desde nuestra casa oímos disparos. Los perros ladraban enloquecidos. Mi padre preparó la escopeta y salimos a ver. Una luz de linterna surgió de la oscuridad y se acercaba a nosotros. Era uno de los cazadores, tenía la ropa ensangrentada y estaba pálido como la luna. Nos dimos cuenta que no podía hablar. Mi padre, superando el desprecio por los cazadores, le pasó un jarro de agua. Un poco más calmado, el hombre nos contó que habían sido atacados por unas cosas que se les prendían a los pies y que, cuando pudieron liberarse, los demás huyeron y se había quedado solo.
Al día siguiente, fuimos al sitio y no encontramos nada. Ni animal muerto, ni señales de agresión. El aleteo de un pájaro me hizo levantar la vista y no conseguí verlo, pero sentí en la cara la brisa fresca que hamacaba la copa de los árboles. Pensé que el bosque era como un niño después de hacer una travesura, y me sonreía porque yo entendía lo que había ocurrido. Salimos del lugar. Después nos enteramos que la sangre de la camisa del cazador no pertenecía a ninguno de sus compañeros y el sujeto no estaba herido. Ellos nunca más volvieron.
Jamás pusimos un cartel que prohibiera la entrada, pero todos saben que la Isleta de la Chiva Ahorcada no es un lugar para cazar ni para cortar árboles.
Edgardo Boiteux
Comentarios