EL ENCUENTRO


Dicen que hay tres tipos de memoria. Una memoria sensorial, otra a corto plazo y una más, a largo plazo. Se puede explicar como la historia de tres hermanos que enfrentan un pasado común con distintas actitudes, llamémoslos Javier, Lucas y Ariel. Supongamos el las tres memorias se encuentran, ¿cómo reaccionaría cada una frente a la otra?

EL ENCUENTRO

Un mensaje inesperado había entrado en su correo electrónico. Jamás pensó que todo cambiaría en su vida a partir de su lectura. Era la incapacidad de recordar mezclada con un toque de ingenuidad que hizo que se entregase al texto. Su hermano cumplía cincuenta años y lo convocaba para una reunión familiar. La fiesta era organizada por su esposa y ella quería que fuese sorpresa. Contestó automáticamente que iría sin falta. Fue un impulso, pero ya lo había enviado.

Ahora luchaba contra el arrepentimiento de esa respuesta y los recuerdos de esa infancia dolorosa. A pesar de haber olvidado los motivos de esa pena, llevaba la dolencia en su corazón, porque la memoria borra los recuerdos pero el cuerpo los revive infinitamente sin explicación racional.

Hubiese querido casarse y tener hijos, como su otro hermano, algo que a fuerza de tantas desilusiones amorosas hizo que guardara sólo la imagen difusa de una familia propia, como una foto antigua que pierde sus colores. Ahora es tarde para eso, se decía como consuelo. Por eso, las historias de hermanos son simples y complejas al mismo tiempo.

Durante el viaje hasta aquel pueblo del interior su mente germinó recuerdos con las raíces de los que se habían secado. El encuentro era inevitable y seguramente se verían los tres, cara a cara, después de tanto tiempo. ¿Qué imágenes de la infancia exhumarían cada uno? No era mala idea el reencuentro, a no ser por aquella infancia tormentosa.

La llegada y el recibimiento se sucedieron como en un aturdimiento. Ya no sabían abrazarse, se miraron los tres como reconociéndose en el tiempo y el espacio. Las dos esposas contemplaban la escena como a un cuadro religioso. Fueron ellas que movilizaron a los maridos al resto del festejo. Estaban los tres hijos de uno y dos del otro, cinco personitas que buscaban entender por qué nunca antes habían sido presentados como primos.

Javier, el del cumpleaños, abrió la charla. – Recuerdo todo, dijo. Lucas se estremeció. Ariel se limpió la boca con la servilleta. – Aquí vamos, pensó Lucas, pero guardó silencio, ya no conocía a su hermano menor y tal vez haya cambiado. Ariel sólo dijo: - ¿Si? ¿qué recordás? – Todo, sentenció Javier. – Entonces recordás una tercera parte del todo, porque yo también recuerdo y Lucas, bueno Lucas, no sé… Lucas se encogió de hombros y dijo: - ¿Qué hay que recordar? La mujer de Javier, que estaba sentada a su lado lo tomó del brazo, se reclinó suavemente y dijo: - Comamos, lo hemos preparado especialmente conociendo los gustos de cada uno. Olga me contó muchas cosas de vos, dirigiéndose a Lucas. – Con Olga no nos vemos desde… bueno, hace mucho, respondió Lucas. Ariel bajó la cabeza, como si se guardara algo trágico y no dijo nada. – Deberías pasarme algo de tu olvido, dijo Javier a Lucas. – Es que no tengo nada que olvidar y mucho por recordar, hace tanto tiempo que vivo sólo el presente… decía Lucas cuando Ariel puso las dos manos sobre la mesa interrumpiéndolo. – Es una buena manera de evadir el pasado, claro, sentenció Ariel y continuó, el pasado reclama en el futuro, y algún día tendrás que recordar segundo por segundo.

Lucas pensó unos instantes y en ese tiempo los chicos fueron a charlar en otro ambiente. – Es que no me interesan ni el pasado ni el futuro, sólo quiero este momento para siempre, estamos los tres de nuevo juntos, en otras circunstancias, llenos de paz, los primos ahora se conocen y me gustaría que eso continuara. Los otros dos hermanos asintieron y Ariel propuso un brindis. Javier dijo que no encontrará jamás sentido al pasado y brindó por el futuro. Ariel brindó por retomar las relaciones fraternales. Lucas, por la familia, Olga por los hijos, Manuela por los primos encontrados.

Todos sonrieron y giraron para ver la escena de los niños charlando frente al televisor inútilmente encendido. El resto es historia y por más trágica que sea, los sobrevivientes darán todo lo que tienen para mantenerse, paradójicamente, vivos.

Edgardo Boiteux

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