ESTOCADA

Era un lugar extraño, casa de paredes gruesas, arcos, escaleras de piedra que daban a un patio y de éste se bajaba a un sendero que se internaba entre los árboles hacia las profundidades de lo desconocido. Ella me había citado allí, en su casa. Espero que me atienda, o simplemente estoy en el lugar. Sé que no es normal entrar en el interior de las personas, pero cada vez que lo hago me pregunto qué encontraré o cómo serán sus recuerdos, quienes viven en esa persona. Ella aparece caminando por la galería con un paso lento y me sonríe, me saluda, pero yo percibo que no está sola. Desde el principio sentí esa presencia en el lugar.

Me hace pasar a una sala llena de estantes y armarios con libros. No son tantos los anaqueles, es la disposición de ellos que llena los espacios altos y siento que son demasiados. Parece una mujer estable, aunque no vi personas de su afecto. Nadie está solo, aún cuando está solo. Me ofrece algo de tomar y elijo café. No me siento hasta que me invita a hacerlo. Charlamos. Hay un montón de cosas en común que nos une, mejor dicho, nos reúne. Nuestra charla es negociación amable y cordial y nadie diría que no somos buenos amigos, quiero ser preciso, somos buenos enemigos. La amo, la admiro y la respeto.

Nuestros encuentros han sido siempre batallas, escaramuzas, abordajes, asaltos y emboscadas. Pocos saben reconocer una situación en que se lucha con palabras. Hay quienes piensan que una discusión es una disputa y en realidad son soliloquios en que uno se despacha los resentimientos ante otro que hace lo mismo, no se prestan atención ni se escuchan. Una negociación cordial es más terrible que eso, las palabras son las armas.

Yo suelo elegir preguntas, afirmaciones, silencios, lo mido todo para acertar el golpe justo en el lugar elegido. Nada nos impide que haya risas, algunas nerviosas y otras interiores que no salen por la boca pero se nos escurren por los ojos. El cuerpo se expresa conteniendo el embate del otro, acomodándose al asiento. Ella suele usar pensamientos de escritores como escudo y para prever otro de mis golpes. En cierto momento nos decimos palabras directas para ocultar las que rodean por sus implicancias.

Es momento de nuestros silencios. Ella suspira y yo termino mi café. Pienso que ella podría dominarme, hacerme su rehén, gobernar mi mente y mi corazón. Ella sería mi profunda desgracia y yo sería su tormento. Pienso que es más fácil luchar con nuestros cuerpos, ceder ante el deseo de sentirnos y que gane el más débil, el más fuerte pierde siempre porque no se entrega totalmente al juego. Pienso que ella tiene miedo, no a mí, porque no me hubiese invitado a su casa, sospecha de mis atenciones. Le he llevado un vino de regalo y lo deja en la mesa sin abrir el envoltorio. Eso dice mucho y dice poco.

Ahora veo más claro a la sombra que la cubre, es ella quien no confía en mí. No quiere que la ame y que la cuide como vengo haciéndolo hace un tiempo, aún sabiendo que es perder el tiempo. Nos han enseñado que el amor es una moneda de cambio, han diseñado nuestros cuerpos para esperar algo del otro y no sabemos esperar nada. Es terrible sentir que una persona nos desea pero acaricia a otro, porque no podemos hacer nada para saciarla. La presencia, esa terrible oscuridad que se agiganta cuando estoy cerca, cuando estiro mi mano para tocarla, la expone ahora ante mí, veo el latido de sus arterias en su cuello, se acomoda el cabello detrás de las orejas, las ventanas de su nariz se dilatan y toco su mano. Ella la retira suavemente y me pregunta si quiero agua. Esa pregunta insólita me dice que se le secó la boca y que espera mi beso, pero sus ojos no brillan y me miran en lo profundo de los míos. Quiero defenderme con luz y sonrío, le agradezco por el agua y acaricio su mentón suavemente. Ella separa su rostro y vuelve a mirarme con su oscuridad.

Le aviso que todo termina, que tengo que irme. Ella me pregunta si estoy en pareja, yo le digo que tengo heridas que no cierran. Ella me pregunta qué hago con tanta ternura, yo le digo que la regalo a quienes la reciban. Ella me dice que no la quiere y yo le digo que no se la he ofrecido, y la lucha se acelera. Ella pone su mano sobre mi pecho y yo le digo que tenga cuidado, que sólo va a sufrir conmigo. Ella dice que no me está pidiendo nada, quiere que me vaya ahora mismo. Las manos me tiemblan, no quiero tocarla, debo retirarme. Me corre un escalofrío en la nuca, es la estocada final. Es cierto, podría clavar su espada de oscuridad en mi alma, pero no lo hace, me perdona la vida. Deja que me vaya malherido.

Veo que su oscuridad sonríe porque pudo más que mi luz. Ahora camina junto a mí sin decir palabra. Su silencio me aprieta en la garganta, me tiene inmovilizado. Me acompaña a la puerta. Las experiencias de este tipo son riesgosas aún para los psicólogos, que sólo actúan desde afuera, con lo que les contamos y tratan de orientarnos para que seamos nosotros mismos quienes nos mostremos ante alguien. Tampoco yo me arriesgaría a pasearme solo por esos laberintos interiores. Siempre que alguien me permite, entro con la delicadeza de quien gira la página de un libro.

Salgo de ella, sólo recordará que me ha soñado y me lo contará mañana, cuando nos encontremos bajo nuestras apariencias normales. En mi regreso descubro que me quedó enredada una de sus plumas negras sobre mi cabello. Creo que la voy a guardar como trofeo de guerra, no siempre se sale con vida de las batallas entre nosotros. Ahora debo reparar mis heridas con la irradiación de aquellos que viven como yo.

Edgardo Boiteux

Comentarios

SILVIA MOYANO ha dicho que…
COMO SIEMPRE AMIGO...NOS COMPROMETE DE ALGUNA MANERA TUS RELATOS, MUY BUENA !!!EXITOS !!!!Y MUCHA SUERTE!!! UN ABRAZO!! UNA AMIGA , SILVIA !
BLOGBOITEUX ha dicho que…
Gracias amiga por ser mi fiel lectora. Sé que tus lecturas son con los ojos del alma... y mis cuentos están escritos para lectoras como vos. Besos

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