ENSAYO SOBRE EL "TE QUIERO"
ENSAYO SOBRE EL "TE QUIERO"
Una frase, procesada tantas veces por decir
Te quiero, se la declaró ilegal. No es lícito decirlo aquí y allá, nadie quiere ser querida sin su consentimiento, la gente se siente invadida. Fue exiliada a la frontera entre el reino del Te amo y el dominio del Te necesito. La cosmogonía del Te quiero sugiere decir pocos y demostrar más. La abundancia lo priva de sentido. En ese no-lugar, cada uno sobrevive sin un solo Te quiero, ella se reprimió
tragándoselos como quien deglute las raíces amargas de la ingratitud. De abnegada y terca, sus ojos lo dijeron por ella,
y sus manos, y sus besos. Lo inefable gritaba en todo su cuerpo, hasta las
lágrimas acudieron a sus ojos para decirlo, pero ya era tarde. No me importa que me quieras, dijo la Indiferencia, soy tu verdugo y vine a ejecutarte.
Escuché mil historias como ésa. Aún
así me rehúso a ocultar mis Te quiero. Por brutal franqueza me han rechazado,
pero un Te quiero en un lecho de enfermo me ha redimido. Siento los Te quiero,
como se siente el sol en la piel durante el invierno. Recuerdo aquel traidor Te
quiero que me hiriera, dejando abierta esta llaga que aún no cierra. Todos los
gestos que me dicen Te quiero, ya paré de contarlos. Tantos amigos, tantos
amores, tantas miradas, fraternales, filiales, obsesivas, demenciales, tantos
matices, tantos colores, que son infinitos y misteriosos sus orígenes. El
ejercicio del Te quiero sensibiliza sus dimensiones. Sé de antemano cuándo un
Te quiero me ahogará y cuándo me tomará de la mano y me hará libre. Me reclamaron un Te quiero cuando no quería
y no le mentí, aún sabiendo que la hería. Por eso, somos responsables del Te
quiero que enunciamos. Ellos nos llevan al cielo o al infierno. Años atrás lloré por un Te quiero, si, tan solo por uno, tal vez por ser imposible, tal vez por ser tan posible y tan cobarde.
Fui a tocar su portero, su esposo
me dijo, qué querés, ella no está, -pero yo escuché que le decía en voz baja, no
quiero verlo, ¿por qué sigue insistiendo cada año?-, decile que sólo vine a dejarle un Te quiero, hija ... No pude hablar más,
me lo impedía un nudo en la garganta.
El Te quiero lastima, arde,
alivia, acaricia, levanta, aplasta, avergüenza y enaltece, todo al mismo
tiempo. Ese es el poder sagrado de un Te quiero, y no podemos evitar padecerlo.
Contradictoria y trágica es su vida que cuando muere, el universo humano se
retuerce y lo inventa en la locura del recuerdo.
Si se muere el Te quiero nada lo
reemplaza, y a pesar de eso, a veces es para nuestro propio bien. Las experiencias de displacer nos enseñan a dejar que nos toquen sólo aquellos que nos traen la
paz, eso nos convierte en equilibristas que desfilamos sobre la cuerda de un Te
quiero y nunca sabemos cuándo se romperá.
Edgardo Boiteux

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