MALON DE FANTASMAS


MALÓN DE FANTASMAS, LA OTRA CIVILIZACIÓN Y LA OTRA BARBARIE

El viejo cosechero se detuvo al final de los surcos del algodonal para descansar la espalda. Se sentó sobre sus talones y como ante una señal conocida, los demás, que estaban en la chacra, se le acercaron. Algunos se sentaron en el pasto ocre verdoso, y otros, imitaron la postura imposible del veterano, formaron un grupo de gente desparramada en el suelo de aquella chacra. El hombre entrado en años llevaba la piel curtida a fuerza de humo y soles, luego acomodó los brazos extendidos sobre las huesudas rodillas, sus manos agrietadas descansaron como algarrobas que cuelgan de una rama. Dijo que iba a contar una historia de sus tiempos. Creía recordar que había ocurrido una luna antes del famoso malón de La Sabana. Todos hicieron silencio como si fuesen a comulgar sus palabras. En frases entrecortadas y pacientes, habló mirando al suelo, sin gestos, sin dramatizar, y en un castellano que de nada serviría transcribir. Refiero al relato con mis palabras y a los diálogos como él los contara, la historia me pareció tan breve como intensa. 
Era de madrugada, estaba muy oscuro, los perros toreaban enloquecidos. La peonada salió en calzoncillos a ver qué pasaba. El barullo venía de los corrales. - ¡Carajo! Dijo uno de los peones. - ¡Se están llevando los yeguarizos! Dieron aviso al patrón, que tenía un Winchester comprado a los ingleses del ferrocarril, y fueron a buscar otros caballos al aserradero. Don Guy, el dueño de la maderera, estaba ensillando uno, pero los demás montaron en pelo nomás. Se juntaron unos diez hombres y salieron hacia el noroeste, a territorio de aborígenes. Aún había polvareda y estaba amaneciendo. El griterío de los cuatreros dejó de oírse y los pájaros volvieron a cantar.  Juan, o “Juancho”, como llamaban al peón paraguayo que había dado la alarma, tenía un revólver tipo “naranjero” que se carga por la boca, y de la bronca disparó contra los perros que se habían agregado a la partida de colonos. - ¡A la mierda lo’yaguá que no sirven!, maldijo en guaraní y lanzó un sapucay. - ¡A la merd les endió!, gritó don Guy. – Qué sabe usté franchute, la mitá son bien crioyo, le replicó el patrón de “La Sabana”. – Ió le viá seguí, dijo el paraguayo. – Vamo todo entonce, propuso Aguilar, levantando el filoso machete de obraje. Y allá fueron.  Se les hizo mediodía entre los mosquitos, algarrobos y tuscas, siguiendo los rastros de los cascos de la caballada que les habían robado. Eran cerca de doscientas cabezas entre ye-guas, potrillos y mancarrones. Iban despacio, llevaban ya unas cinco leguas cabalgando con sed y hambre. – ¡Una humó!, dijo don Guy. – ¡Shh…! - dijeron los otros casi en coro.  Para mayo, las siestas chaqueñas se perfuman con el aroma del monte. Las charatas y los loritos hacen mucho barullo. Eso permitió que el grupo se acercara al origen del humo entre los mogotes, sin ser percibido. Detrás de una isleta había una toldería. Observaron los movimientos de esa gente, escondidos entre las enredaderas que trepan los árboles y los palmares. Vieron que a la sombra de unos guayaibíes había un grupo de mujeres haciendo cacharros, otras estaban asando tortillas de algarrobas y reían a carcajadas. Unos críos jugaban arrojándose cascotes y corrían entre ellas y las presas de liebres descueradas y colgadas de las ramas de un chañar. Comprobaron que no hubiera guardias. Uno de los perros famélicos se paró alarmado pero no ladró. Los perseguidores se agazaparon.  Después de un breve instante, el obrajero levantó el machete. Los hombres salieron de los escondites casi simultáneamente. Como unos pumas corriendo a su presa, en un instante llegaron al grupo de gente. La cocinera cayó con el primer machetazo en la cabeza que le diera el hábil peón. Las demás gritaban y corrían sin dirección. El Winchester disparó contra las que se dirigían al monte. Algunos niños desaparecieron saltando entre los cardales. El machete parecía bailar en el aire cortando brazos, piernas, espinazos de niños y jovencitas que no alcanzaron a correr. El gringo y otros peones sujetaron a una niña y la violaron uno por vez. Luego la mataron a palazos. Una mujer que intentó defenderla recibió por la espalda un disparo de rifle que le abrió el pecho.  Juancho, el paraguayo estaba paralizado con los brazos colgados. Dos surcos de lágrimas recorrían la cara blanca de espanto mientras sus labios temblaban sin control. No podía creer semejante escena.  - ¡Aña memby!, dijo al reaccionar. Levantó su naranjero y le disparó a Aguilar. El obrajero cayó al suelo con mil perforaciones. Cuando vieron eso los demás hombres detuvieron su orgía y se le acercaron lentamente. Tenían los ojos fijos en el paraguayo. El gringo se limpió los bigotes con la manga de la camisa. El naranjero era de una sola carga. El patrón dijo: - ¡Juancho Saravia! Si no te achuramo nosotro, lo’ indio te van ‘achurá. Otro peón miró hacia las aborígenes y dijo entre dientes: - ¡indios de mierda! Van a aprendé a robano yeguarizo… Y apuntándole a Juancho se internaron en el monte.  El peoncito llevó las manos a la cabeza, luego se acercó a una matrona que se mantuvo de pie. Las demás lloraban tiradas en el suelo. La tocó empujándole la cabeza y le dijo: - ¡Eh…vos! ¡Kuña’nde jeróva! ¡Chejuká! Y agregó: - Agarrá el machete y matame. ¡Mataamee! Las otras mujeres se incorporaron, lo rodearon y una le dijo: - Totqai ralauataxanlec! Juancho se retorció y vomitó. 
De vuelta a La Sabana, -según el anciano narrador- nadie contó lo ocurrido, sólo las miradas cómplices escondían el negro suceso. Nadie preguntó nada, ni por Aguilar, ni por Juancho. Como si ellos nunca hubiesen existido, como si nada hubiese pasado o tal vez, legitimados por el mandato social de lo civilizado, creyeron que habían hecho justicia y caso cerrado.
Habiendo agotado el relato, el viejo se levantó, se calzó la maleta medio vacía y continuó su faena. Los demás hicieron lo mismo. El viento norte soplaba ardiente como si malones de fantasmas quisieran escaparse del infierno. No pude saber si el hombre fue testigo de los hechos, si se lo contaron, o simplemente inventó para ganar protagonismo entre sus paisanos. 
Lo cierto es que las crónicas de la época decían que en la madrugada del 26 de junio de 1899, un malón de cerca de 300 indios con uniforme militar había atacado al son de una diana y que los pobladores se habían defendido con las armas que tenían. En la biblioteca no encontré demasiado, y aunque nadie supo decir cómo pudo haberse gestado el malón, habrían reconocido a un tal Juan de apellido Saavedra o Saravia, de origen paraguayo y peón de La Sabana, quien parecía liderar el grupo indígena. Otros dijeron que fue él quien salvó a la señora Camors, esposa de un colono francés, de ser alcanzada por las lanzas. En Buenos Aires la sociedad había quedado abrumada por el hecho. Hay más, tengo conocimiento de una vieja carta, que unos conocidos colonos guardan como reliquia familiar, y que revela otra historia, y bien podría ser parte de la misma. 
He sabido que está interesado en una publicación de Caras y Caretas donde ha aparecido la terrible noticia de un nuevo malón en su querido Chaco. Imagínese usted, es inaudito para la sociedad argentina, en las postrimerías del siglo, ¡semejante acto de salvajismo! 
Le remito el ejemplar de junio. No obstante le advierto, mi amigo, que ya me debe un buen asado. Démele un fuerte abrazo a mi ahijada. Adiós. 
Hay quienes dicen que nada es casualidad. Es posible que el viejo cosechero supiese que la chacra donde estaba trabajando le pertenecía a los mismos que habían recibido, por aquella época, esa carta y aquella famosa revista. Tal vez esa era su historia y su denuncia. Pero, ¿qué ganamos con predecir el pasado? En todo caso, sería la voz de los vencidos, aquellos que oculta la Historia. No sé qué historia es real, lo que sé es que en el relato del cosechero había un aire de frustración, de espíritu quebrado, de galopes y de muerte; y que luego el anciano se hundió entre los surcos nevados, como lo hacen los sabios peregrinos que revelan una verdad y luego desaparecen. 
En algún lugar, cerca de la estancia Intimayo, provincia de Santa Fe, unos días después que Emilio Stefan enviara su nota, dos hombres recibían el despacho. 
- ¡Antenor! Venga a leer las noticias de Buenos Aires sobre el malón. 
- ¿A ver? (…) Esto me gusta. Escuche: 
“Una nota fea, inhumana, de un rojo hiriente y selvático, sobre el cuadro, aún medio borroso, pero lleno de lampos de grandeza de la civilización argentina, ha sido ese malón de La Sabana, -esa carga a lanza seca de la indiada baguala sobre una población naciente, audaz y benéfica luz de cultura que débilmente avanzaba a brillar sobre el agresivo desierto. [bla… bla… bla…] Sólo un hombre cayó en la matanza, Camors, un pobre colono francés que soñaba allá en conquistar el bienestar de los suyos a fuerza de sudor y de trabajo honesto en la aspereza del médium primitivo, y que ha caído en la bestial volteada, lanceado con una hijita de dos años con la que huía, llevándola en brazos, de la sanguinaria chusma, ebria de sed de robo y de ansia de matar!”
- ¡Estos porteños sí que escriben lindo! Florentino, hermano, ¿Cuándo piensa que van a terminar de limpiar de indios esas leguas tierras que compramos casi de regalo? 
- Y… siempre quedan por ahí. No se preocupe, tenemos suficientes armas. ¿Se le anima? 
- Coraje no falta. Dicen que nos van a dar en donde están los fortines. …Se enfrió el mate. 
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Torear: “los perros toreaban”, en el registro rural, es ladrar atacando un enemigo. 
“Yagua”, en guaraní significa “perro” 
“Aña memby” vocablo guaraní que significa “hijo del diablo” 
“Kuña nde jeróva” vocablo guaraní que significa “mujer valiente” 
“Chejuka” vocablo guaraní que significa “máteme” 
“Totqai ralauataxanlec” vocablos en mocoví que significan “Ya no lo mataremos por eso” 
Extraído de la Revista Caras y Caretas. Artículo “El malón de ‘La Sabana’”. Buenos Aires. 1899 
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Buenos Aires, 8 de julio de 1899. 
Estimado amigo: 
Emilio Stefan 

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