DEJAME IR, QUE ME MUERO SIN VOS

DEJAME IR, QUE ME MUERO SIN VOS

Inspirado en las lectura del libro "Fragments d’un discours amoureux" de Barthes y en la letra de Gustavo Cerati, "La Excepción".

Griselda Siciliani, en la película Morir de amor

Ella lo llamaba “Mi tortuguita” en la intimidad y él tenía varias maneras de llamarla, casi todas de manera gastronómica: “Mi heladito de frutilla”, “mi juguito de naranja”, mi “cervecita helada”, porque le inspiraba muchas maneras de saborearla. Era ella la que sostenía la relación, porque él se dejaba guiar en las salidas por la ciudad y en las compras, no tenía demasiada iniciativa, no era pereza, era solo de oportunista. Como pareja, se sentían poderosos, sentían esa adrenalina del vértigo y la aventura, sentían que eran capaces de cualquier cosa, eso los llevó a ser lo peor de la sociedad. Deshonestos, peligrosos para quienes los conocían. Estafaban a quien se le cruzaba en el camino, con lo más mínimo. Sus delitos menores eran que ella vendía cosméticos vencidos que él traficaba, ya sea de Bolivia o de donde fuera, sabía mucho del negocio. ¿Quién no cometió algunas pequeñas hazañas en algún momento de sus vidas? Ellos fueron un poco más allá y salir de esos embrollos casi les cuesta la vida.

Antes del segundo año de intensa relación y desdichadas aventuras, se separaron, sin más que unas pocas palabras en un mail. No hubo trapitos al sol ni escándalos, él le dijo “No sos vos, soy yo, no sé, pero contigo siento que voy a arder todo en un instante y no quiero”. Ella dijo “Bueno, no sos la excepción, durar es mejor que arder, ¿no? Si así va a ser la cosa, a rey muerto, rey puesto será, te lloraré un par de días y después no voy a perder tiempo. Así que te pido: no te cruces de nuevo en mí camino, solo déjame ir, porque te mato a vos y después me muero yo, cobarde de mierda”. Cuando nos cortan así, por mail, nos queda mucha bronca, una rabia insaciable que no nos deja andar plenamente por las calles y odiamos todo y a todos. Una mujer como ella, que daba el ciento por ciento exigía como mínimo el ciento diez por ciento. ¿Qué podía hacer a esa altura?

Cada uno sin el otro siguió su miserable vida. Se sabe que él consiguió el consuelo de su fiel amiga, a quien solía recurrir para contarle sus frustraciones y ya que estaban, formalizaron un noviazgo lleno de comprensión y sobre todo de generosidad, aunque nunca le confesó a qué se dedicaba. Ella en cambio, se arrojó a los brazos de un caballero apasionado y de buena posición económica, como era de esperarse. El “caballero” quiso creer que ella estafaba por “necesidad” y le sugirió que evitara relacionarse con sus antiguas víctimas, por eso concurrían a círculos selectos y le consiguió un puesto en el banco de la ciudad.

Todos tenemos un pasado que no nos da mucho orgullo. Aquellos que han superado una vida anterior suelen guardar los pedazos rotos de esa relación como recordatorio de aquellos lugares donde no debería volver. De esa “vida anterior” suelen quedarnos los cepillos de diente, alguna media sin su par… y otras cosas que no podemos descartar cuando limpiamos la casa: las explicaciones, el perdón, la desilusión, y se las enchufamos a la nueva pareja con comparaciones, como si quisiéramos que le ande el traje del muerto, quien lo había hecho hacer a medida.

A los meses, después de sexo desenfrenado a cualquier hora y en cualquier lugar, sobre todo, luego de su pase a planta estable en el banco, ella dejó de verse con el caballero adinerado, “dame tiempo” le dijo. Él, mientras intenta verse a escondida con las compañeras de viaje que lo seducen por haber obtenido una gran ganancia en uno de sus negocios, su amiga incondicional, se había ido dejando una nota con una sola frase, “Sos la peor mierda”. En realidad, eran pareja porque él necesitaba de una confidente y un consuelo por haber perdido su primer amor, sin eso, bueno, la cosa cambió. Era mejor haber seguido siendo amigos. La “incondicional" se cansó de vivir para él, de vivir con los misteriosos “golpes de suerte”, de las comparaciones con la ex, del maltrato y terminó con tanta manipulación.

Ella, según cuenta a una compañera nueva de la oficina, dejó a su “Caballero”, como lo llamaba, porque le faltaba eso que tienen los hombres de hacerse necesitar, eso de niño y de padre al mismo tiempo, necesitaba una nueva “Tortuguita” para dispensar sus cuidados. Con su hombre apasionado se sentía una pajarita enjaulada. Se fue, voló, y sabe que no puede volver atrás el tiempo ni puede desandar el camino que dejó. Un cepillo de dientes olvidado en la casa de un ex se lo reemplaza comprando otro, pero no se puede remplazar a alguien que dejó huellas y no queda otra que dejarlo ir.

Se encontraron en abril, en la peatonal, había llovido y para alivio de los habitantes, refrescó esa tarde. Ella venía del trabajo, él volvía de un viaje a Asunción, quisieron evitarse y no pudieron. Entraron al bar de la esquina, charlaron como si se hubieran visto el día anterior, se mintieron que eran fuertes el uno sin el otro, exageraron, pero no se lo creyeron, se sinceraron, se reclamaron por el dolor de esa distancia, se tocaron como si estuviera prohibido, se rechazaron, se abrazaron y con la respiración entrecortada se prometieron hacer un viaje juntos, volvieron a sus casas y se suicidaron. Ella eligió un bisturí en la bañera, él se fumó dos porros, uno por él y otro por ella, cortó, inhaló dos rayas y con un último esfuerzo se tiró por el balcón.

 

Edgardo Boiteux

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