DIME QUE NO
DIME QUE NO
Los encuentros de escritores convocan
a los virtuosos del arte de escribir y termina por ser una pasarela para el desfile
de los siete pecados capitales en un solo lugar. Si la ociosidad es la madre de
todos los vicios, el oficio de escribir sería el padre, porque “escribir es un
ocio laborioso” nos apunta Goethe.
Leer y escribir son aptitudes
adquiridas desde que aprendemos a decir mamá, pero es el asombro de una buena
historia la que nos impulsa a querer contarla. De la belleza de las palabras
que aprendemos a pronunciar a la trama de sentido que les otorgamos, encontramos
placer en esa actividad de escucha y de lectura, encontramos dolor en el
sacrificio de concatenar las ideas para un buen texto en la escuela,
encontramos frustración de no alcanzar el objeto del deseo cuando nos dicen que
no hemos nacido con el don de la palabra.
Mi primer pecado fue robar palabras
a Neruda, a Borges. Robamos porque somos ansiosos, porque deseamos que el arte
del otro sea nuestro para captar la atención de los demás. Aunque la joya sea
robada, la aprobación del lector nos hace sentir que hemos alcanzado la gloria
fugaz de escribir algo bello. Esas palabras rapiñadas a uno o a otro serían
delitos menores si luego le sigue robar libros, primero a un compañero de clase
aquel libro de poemas, luego a la biblioteca las novelas de Julio Verne, luego
a la librería El ser y la nada de Sartre. ¿Mataría por un libro? Depende, si fuese
por el Capitanes de arena de Jorge Amado que me pidieron prestado y niegan
tenerlo, es para matarlo. Si es el último ejemplar de Los Abipones del padre Dobrizhoffer
que un día desapareció de una biblioteca especializada antes que yo terminara de tomar apuntes, lo o la colgaría en la plaza pública. No quisiera tentarme. Por eso
comencé a escribir, para que la palabra fuese mía.
Me abrí camino entre escritores
bohemios y borrachos. Entre escritoras atormentadas por el mal de amores. Entre
genios de la creación literaria que me dijeron que yo no tenía talento, que yo no
había nacido para escribir, que estudie periodismo si quería vivir de la escritura.
Así llegué a publicar uno y aún no puedo asumirme como escritor. Eso no es virtud,
porque fue el producto de muchos ejercicios de escritura, de ensayos sobre la
forma, la retórica, el fondo y el contenido.
Hace poco me otorgaron el primer
premio de un cuento corto. Entonces fui invitado a uno de esos encuentros selectos por
primera vez. Llegué lleno de preconceptos, obviamente. Mi mirada era
desconfiada, tratando de ubicar los estereotipos de escritores y escritoras. Había
una mesa larga llena de libros distribuidos por Editoriales de renombre. ¿Dónde
se ubicarán los editores independientes? Hay mesas reservadas para
personalidades de otros países y de otras provincias. Hubo lanzamiento de
algunas publicaciones con lecturas de poemas, extractos de algunas páginas de las
novelas publicadas, reseñas y críticas de personas eruditas. Por fin llegaron
los premiados, yo recibiría como último de la terna. Leí mi texto con emoción,
con energía, con convicción y ese fue mi minuto de fama. Luego vinieron cuentos
seleccionados como los más leídos del año. Maravillosos microcuentos, cuentos fantásticos increíbles,
cuentos psicológicos impactantes y poemas eróticos muy picantes.
Ahí la conocí, leyó uno de sus poemas con voz suave y atrevida. Su arma más poderosa de seducción era cómo decía las palabras. Reía con todos, se interesaba por los nuevos talentos. A simple vista charlaba más con los hombres casados, los tocaba en los hombros, apoyaba la mano en su escote. Recibía elogios por sus libros eróticos. Las mujeres se peleaban por sentarse junto a ella en la cena. Era el centro de atención de los maduros que querían bailar sólo con ella, generando comentarios de las viejas y jóvenes escritoras. Carismática, toda una hechicera alegre, picante, había algo en ella que me incomodaba, la bruja no me miraba, no se me acercaba y evitaba todo contacto visual conmigo.
Mi soberbia y amor propio estaban por las nubes, ¿Por qué no se interesa en mí,
que soy el primer premio de este encuentro? Me sentí invisible para ella y yo
quería hacerme notar. Me daba bronca y resolví empujarla, de hacerme el torpe, en mi actitud
desesperada no pensaba otra cosa que en ella. No hizo falta tal bestialidad de
mi parte, fue ella quien me envistió y me estampó su porción de torta con
fondán en mi camisa nueva. Iba a protestar, pero ella desapareció sin pedir
disculpas, como quien se lleva una columna por delante y sigue su camino. Dos o
tres mujeres comedidas se acercaron a limpiar mi camisa con servilletas y
toqueteándome por todas partes. Yo buscaba la ninfa erótica entre la gente. La
encontré en la pista de baile con un moreno que danzaba algo parecido a
brasileño. Se frotaban los cuerpos entre el griterío del público. Esa danza de
lujuria terminó mi ánimo y fui a sentarme malhumorado.
Volví solo al hotel, había comido y tomado de todo lo que encontraba en la mesa, sentía acidez estomacal y ganas de vomitar, me saqué la camisa para lavarla y encuentro algo firme en el bolsillo. Era una tarjetita con teléfono y nombre de una escritora. Después de vomitar, ya más tranquilo, traté de recordar quienes se acercaron a mí, las que limpiaron mi camisa con servilletas, entre ellas había una joven muy bonita. Me dolía la cabeza y en ese estado, decidí llamarla esa misma noche. No quería parecer desesperado pero hay gente que viaja luego de esos eventos. No me atendían, redacté un texto muy absurdo. “Soy fulano, el del primer premio, ¿vos quien sos?” Casi al instante recibo una respuesta. “Señor pedante, soy fulana, quien le ensució la camisa, se lo tenía merecido. ¿Quiere salir a tomar algo?” No sabía si reírme o enojarme, ¿tomar qué? ya me había tomado todo... “Está bien, dónde y en cuánto te encuentro?” Respuesta. “Bar de calle tal esquina tal, en 15 min.” Pucha que rápida la mina, resuelta y… ¿No me estará jugando sucio? Era irritante tener que escribir “ok”, era el personaje más odioso, maléfico y sensual que había conocido. Saqué otra camisa, me puse desodorante nomás, me vestí y salí a su encuentro.
Afuera busqué las calles que me había nombrado, eran las de mi hotel. La desgraciada me esperaba abajo en el bar y yo con el apuro pasé de largo y no la había visto. Miré al interior del bar y ella estaba allí, sonriente como si nada. Entré, nos saludamos y nos presentamos. Sus primeras palabras fueron, "Tenés cara de haber chuneado", y pidió una bebida para remediar mi resaca, es increíble lo que se hace para seguir bebiendo. Con los primeros sorbos, ahí mismo, en la barra, ella se acercó a mi oído y me susurró, “Maldito mentiroso, cómo me hiciste entrar en tu relato…! Me imaginé todo, hasta me masturbé pensando en vos… Te odio…!” Yo le dije, "Todos los escritores somos mentirosos, cuando no sabemos, inventamos. Por ejemplo, lo que saben tus dedos no lo saben los míos, o creemos en lo que nos cuentan, o lo averiguamos nosotros mismos.", no pude evitar acercarme suavemente a oler el perfume dulce del mechón de cabello castaño sobre la comisura de los labios. Ella se lo colocó detrás de su oreja, miró hacia arriba y chasqueando la lengua me dijo, “¿Qué te dice el olfato? o vas a explorarme como Indiana Jones? ¿Vas a buscar la gema, te gusta el riesgo?” Yo sólo sonreí, le dije que ya había profanado templos prohibidos y ya había escapado de sus guardias mortales, esta vez estoy para un ábrete sésamo y encontrar tu genio. Ella rió a carcajadas. No podés… no podés…. Repetía, te morís por una noche conmigo, pero te falta mucho, lo tuyo es muy cursi, ¿sabés? Regalame Nerudas, dame Mempos. La miré a los ojos, le dije que eso es realmente cursi y el último es espantoso, pero si le sirve un Catulo, un Rubén Darío, un Lorca, es hablar a lo grande. Ella dejó de sonreír y me dijo al oído, Habitación 203.
Edgardo Boiteux
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