PIENSA MAL Y ACERTARÁS


"Piensa mal y acertarás" (Maquiavelo)

No puedo, en serio… dijo Miela. Sos un buen hombre, pero siento que lo estoy engañando, concluyó apretándose la yema de los dedos. Eso quería decir que ella no era libre para una relación conmigo. Me ofreció su amistad, otra cosa no podía. Sonreí, le pedí que me contara cómo era su hombre, tenía curiosidad por la personalidad más que por el nombre, qué hacía que ella guardara tanta fidelidad. Pensó un poco, me miró a los ojos, entreabrió la boca varias veces antes de hablar. Es secreto, me dijo, él aún no lo sabe, es raro, ya sé, pero no sé cómo definirlo. A ver si te entiendo, le dije, sos fiel a un hombre que no tiene nada con vos, ¿es eso? Ella sonrió y se ruborizó un poco. Vos lo decís con tanta frialdad, no es un amor platónico como estás sugiriendo, no. Es real, puedo tocarlo y darle ternura, pero… La interrumpí con mi déjà vu: ¿Hombre casado? Mirá, me dice ella, cambiemos de tema, es algo que algún día te contaré, pero por favor, no insistas. ¿Amigos? No sé, le dije, veremos qué pasa. La charla no daba para más, pagué los cafés y nos despedimos con un afectuoso abrazo.

Dos semanas antes Alfredo me llamó al celular. Oh! ¿Qué hacés? ¿Venís esta noche? Vamos a tomar unas cervezas. El sujeto sabía cómo convencerme. Era en el bar cerca del puerto, en la bajada del Puente Viejo. Me gusta ver el muelle desde allí arriba, me gusta el efecto crujiente de la madera bajo mis pies, parado justo en la mitad para sentir vértigo. Vi que bajaron del auto Alfredo y dos mujeres, entonces fui a encontrarlos. Mi amigo me presenta a su esposa y a su cuñada. Milde y Miela, pensé que sus padres estaban inspirados en poner esos nombres y antes que yo dijera algo me aclaran que son apodos de Matilde y Micaela. Entre la presentación y el pedido de las cervezas mi malicia me hizo percibir demasiado afecto entre Alfredo y su cuñada, a lo que la esposa se mantenía distante, quizás indiferente. Era Milde, la esposa de mi amigo la que me indagaba y toda su atención se centraba en mí. Después de la cuarta cerveza, Milde me toma de la mano y me pide ir a la playa con ellos, los cuatro juntos caminamos casi en silencio, con el viento del mar en la cara yo pensaba en las manos tibias de Milde. Esa noche en mi cuarto imaginé mil tonterías.

Al día siguiente pasaron a buscarme en el auto, me senté detrás con Miela. Ella me saludó sin mirarme y no quise ser tan malpensado, pero tuve la impresión que sus ojos sólo veían a Alfredo que conducía. Como yo me senté detrás del conductor, tenía a Milde en diagonal y volteándose un poco me sonrió y nos saludamos, luego charlamos sobre la playa adonde ahora íbamos. Creo que no soy el único que siente esa sensación de abismo cuando nos ignoran, o de puente, cuando nos dan toda su atención. Era evidente que entre Miela y yo no habíamos establecido puentes, pero yo podía percibir un puente invisible entre ella y su cuñado y otro puente entre Miela y yo. En la playa y con menos ropas observé una especie de provocación entre los cuñados. Milde me llamó desde el agua. Fui corriendo, listo para saltar una pequeña ola, y como sentí el agua helada, me desconcentré, la ola me alcanzó, me arrastró un poco y me caí sentado en medio de la espuma con el consecuente grito. Milde estaba muerta de risa. Entonces me acerqué a ella salpicándola con la espuma, no tardamos en hacer una guerra de chapoteos infantiles. Ella me tomó de las muñecas con fuerza y me abrazó con violencia. En eso una ola nos cubrió. Yo no hacía pie en la arena, Milde me sostenía. Ella me dijo, dejate fluir, relajate. A esa distancia de la playa el agua es todo nuestro universo y uno aprende a entregarse al vaivén de sus olas. De regreso a la arena, mientras se secaba el agua salada en mi cuerpo, yo tiritaba. Antes de regresar a la sombrilla Milde me propone un encuentro a solas en un bar del centro. Por lógica y siendo la esposa de mi amigo debí decirle que no, pero le dije que sí. Me sentí un terrible canalla.

¿Qué hago encontrándome a solas con la mujer de mi amigo? Aquí hay algo raro, sospeché, mientras pedí mi muy argentino café cortado y medialuna. Milde se presentó a los quince minutos, colgó su cartera en el respaldo de la silla y me dice, bueno… te quiero preguntar algo, ¿qué sabés de lo nuestro, de Alfredo y yo? Sé muy poco, le dije, que están casados hace cinco años y ahora conocí a tu hermana, que dicho sea de paso fue un poco cortante conmigo, me ignoró todo el tiempo, sos la hermana y la conocés. Sí, bueno, pero de nosotros, retomaba ella, ¿Alfredo te contó algo? Mirá, le dije, con Alfredo charlamos cosas del negocio, en quienes confiamos y en quienes no debemos hacerlo y habla de vos como “mi mujer” y no por tu nombre, no sé… no entiendo bien tu pregunta… Ella insiste, ¿no sos su mejor amigo, no es tu confidente? Ah! Ahora entiendo, le dije, querés saber algo íntimo de Alfredo y me pedís que te lo cuente, bueno, no me cuenta nada íntimo, si era eso lo que querías saber. ¿Estás teniendo problemas con tu esposo?, contame, le propuse. Milde me contó que lo siente alejado, como extraño, pero sabe que no hay otra mujer. Me preguntó, los hombres, cuando no sienten interés en su mujer, será algo pasajero o tienen alguien más en vista. Esos momentos odiosos en que nos confían los sentimientos están minados de trampas. No sé, le dije, conmigo, depende de la química, pero no siempre es así. A veces creemos que no hacen falta las caricias o las atenciones y caemos en el pecado de la desatención, algo que motiva a muchas mujeres a suplir esa carencia con otro hombre sólo para recuperar la autoestima. Ah, sí?, dice ella, eso es interesante! Porque estoy a punto de serle infiel, confiesa mirándome a los ojos. Le cuento casos de adulterio que conocí y le pregunto directamente. ¿Querés serle infiel? Ella suspiró y dijo que lo pensaría. Nos despedimos con un abrazo prolongado.

Por una semana evité todo tipo de contacto con ese trío. Necesitaba que ellos arreglen sus asuntos sin la contaminación de mis juicios, opiniones o consejos. Pero el pueblo es chico y me crucé con Miela en el centro. Estaba más bonita que nunca. Milde me dijo que estuve odiosa con vos los otros días, me dice, y agrega, te invito un café. Vamos, le dije, caminamos unas cuadras hasta un lugar muy lindo, fuimos a la terraza. Me cuenta que estaba haciendo trámites en el Ministerio de Educación para su escuelita particular, como es maestra jardinera, quiere abrir una salita para niños de 3 a 5 años, que ya tiene los muebles y el local, sólo le faltaba autorización para comenzar a inscribir. Me alegró su apertura hacia mí, pero yo sentía una extraña energía en ella. La charla fue definitivamente franca, tranquila y de temas mundanos. Quedamos de salir a bailar un día de esos. Yo quise despedirme con un abrazo, ella me detuvo apoyando su mano en mi pecho y me preguntó sin tapujos, ¿sos el amante de mi hermana? Yo me reí y le dije que no, que Alfredo y Milde son mis amigos, que no me interpondría jamás entre ellos, no se lo merecen. Más te vale, me dijo, dio media vuelta y desapareció en la esquina siguiente.

Ayer, parece que acaba de pasarme. Ayer Miela me propuso ser amigos, es más fácil ser enemigos, era más fácil no haberle propuesto nada. No tengo suficiente piel para una relación y en el fondo parece más una excusa para evitar lo que me provoca Milde. Nos volvimos a encontrar en ese bar, a la misma hora. Ahora sospecho que ese encuentro no fue casual, Miela parece estar sobre mis pasos. Mirá, me dice, Alfredo es mi confidente y él pensaba que Milde tenía una aventura con vos, yo también pensé eso, por la forma que te mira, por la atención que te dedica y no se la dedica a su esposo, Alfredo está desatendido. Es un buen hombre, interesante y cariñoso, tierno y atento. Trabaja mucho para darle los gustos. Mientras me lo describe, yo pienso en la imagen que Milde tenía de él, tan diferente, no tardé en hacer mis propias conclusiones y pensé que esto va a terminar mal. Espero que llegue el traslado que pedí en la empresa, no quiero ser testigo de semejante tormenta que se avecina. Le digo que ya no hace falta que me diga de quién es su corazón, es más que evidente. Ella me dice que yo no sé nada, se enfurece, se levanta y se va.

Es extraña la forma en que tendemos las redes humanas de relaciones interpersonales. Podemos estar hablando con alguien sin que tengamos la más mínima conexión. Aún así, todo se confunde en un cierto punto. Nos dejamos arrastrar por una marea de sentimientos tóxicos pensando que estamos ayudando y lo que hacemos es sólo entorpecer algo que no tiene solución. Reflexiono y no puedo dormir. Termino de escribir estas líneas en mi bitácora personal cuando suena mi celular. Es Alfredo, son las tres de la mañana, me pide que vaya urgente a su casa. ¿Voy o no voy?



Edgardo Boiteux

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