ROSAS INESPERADAS


Cuando te cuentan una historia compartida por varias personas, resulta complicado reconstruirla, porque cada uno tiene una parte de ella, hay detalles que descarté porque no me parecieron coherentes, pero seguramente eran interesantes para quien lo cuenta. Quizás no se trate de la misma persona o quizás los que me la contaron sólo conocieron también una parte y el resto la inventaron.

Trabajaba en una oficina pública como meteculpas. O sea, en el sector reclamos. Era una mujer bajita, de aspecto nervioso, en la cara se le había gravado esa función acusadora. Forzosamente había que hacerse amigo de ella si uno quería que algún reclamo tuviese salida y escucharla criticar a los demás era una tortura. Se creía perfecta y virtuosa, eso era lo que incomodaba de ella.

Su vida privada, ¿cómo lo cuento?, tenía una casita de barrio hecho por el gobierno, de esos que se hacen para la gente humilde y se los quedan los empleados públicos, si, de esos, con vecinos de todo tipo y calaña. Allí vivía con su marido, mecánico de oficio, un hombre grandote y barrigudo, moreno y bonachón, de esos que caen bien en todas partes, porque siempre tiene unos chistes en la punta de la lengua. Ella, se diría que llevaba trabajo a casa, porque trataba mal también a su marido. Todo estaba mal y el culpable era el pobre tipo que no tenía otra salida que matar ese karma jugando a la quiniela. Nunca sacaba nada, era de bronca nomás.

Aquél día hacía calor y el humor de la doña estaba atravesado. El nuevo vecino había llegado sin que ella fuese testigo. Encontró al hombre cortando los yuyos del frente sin camisa. Los músculos tensos y desconocidos le dispararon adrenalina al corazón y una súbita presión en la vagina la sonrojó. La mujer maldijo ese momento, odió al sujeto en ese instante. ¡Desvergonzado! Pensó. El nuevo vecino la saludó sonriente y ella apuró el paso para ganar la verja de su casa y entrar para no saludarlo.

El marido estaba en la casa, había puesto la mesa, la comida estaba caliente, todo ordenado y limpio, como ella lo exigía. Entró furiosa, se sacó los zapatos arrojándolos y fue al baño a mojarse la cara, su piel estaba roja y ardiente, sus hormonas estaban enloquecidas, transpiraba como nunca y el desodorante no ocultaba el olor a excitación. Volvió al comedor y se sentó a la mesa suspirando y abanicándose con las manos. ¿Cómo podía estar ocurriéndole esto a los cuarenta? Estaba muy molesta consigo misma y sintió la imperiosa necesidad de exteriorizar esa ira: ¡Tomates!, no hay tomates?, ¡cómo vamos a comer esto sin verduras! A ver, si yo no estoy en todo…! Vos lo único que hacés es rascarte el higo…! Fue a la heladera, sacó unos tomates y refunfuñando los lava y los lleva a la mesa. El marido comía calladito, miraba la tele y se hacía el sordo. Cuando acaba el ritual del almuerzo, los platos están lavados y la mesa ordenada, el marido toma las llaves y avisa que se va a jugar una quinielita. Ella no dice nada, pero mira por la ventana. El vecino no está afuera. Ella trae la imagen que la había impactado e inconscientemente se acaricia los pechos, suspira.

Varias veces se cruzó con el vecino en los últimos días. Cada vez lo odia más. Odia sus ojos verdes, su mirada penetrante, su estúpida sonrisa amable, su barba de tres días, su saludo cordial y tiembla con solo pensar en pasarle la mano. Hoy pasó y el vecino estaba pintando las rejas de la ventana. Cuando él la saludó, ella le dijo si no quería pintar también su ventana. Con todo gusto, señora, respondió él, dígame cuándo nomás, le hago lo que me pida. Ella se ofendió. ¡Atrevido! Le gritaba mientras entraba a su casa. Nuevamente arremetió contra el esposo y el pobre otra vez, para calmar el mal momento, fue a jugar a la quiniela.

Al día siguiente, no vio a su vecino al llegar a la casa, pero se encontró con un muchacho que esperaba en su puerta con un ramo de rosas. El marido no estaba, buscó alguna notita en el bouquet pero no encontró nada, le preguntó al muchacho de parte de quien eran las flores y el joven sólo se encogió de hombros, las pidieron en la florería.  No va a ser de la verdulería, pensó ella. La doña sonrió de alegría, miró de nuevo a la casa del vecino, el tipo estaba allí, asomado a la ventana. Ella le sonrió y lo saludó amablemente, no se atrevía a preguntar si eran de parte de él. El vecino correspondió con una sonrisa. Ella levantó la mano para llamarlo cuando ve que su marido viene por la vereda y le dice, mañana, si, mañana charlamos. Estaba muy excitada, el corazón iba a explotarle, entra rápido a la casa y esconde las flores debajo de la mesada.

El marido entra y le dice, ¿Todo bien? Ella le recrimina la tardanza, que ahora ella tiene que hacer la comida y todo. Él le dice, discúlpame pero… ¡Qué pero ni pero!, le grita ella. El bonachón le dice, ¿Entonces no recibiste las flores que te mandé por haber sacado la quiniela? Conteniendo el estupor y el desencanto, en un instante pasó de la culpa a la indignación y de ahí a la bronca. ¡Que te remiltiró, hijodeputa!, ¡estúpido!, ¡hombre grande regalando flores!!! ¿Te creés que soy una colegiala? ¿Sabés qué hago con tus flores? ¿Sabés qué hago? Ahí están, lleváselas a una puta, sabés… Y esa fue la primera vez que el marido reaccionó… ¡Andá a cagar! le dijo, dio media vuelta, se tomó el pecho y cayó seco. Fiel a su carácter, lo lloró un poco en el velorio repitiendo lo estúpido que fue para morirse así, por unas rosas de mierda.

Hasta aquí llego con esto. El resto es interpretación personal, consejos, moralejas, explicaciones sobre las actitudes de uno y del otro lado de los géneros, conclusiones de las más bizarras y seguramente vos también tendrás las tuyas.


Edgardo Boiteux

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